Columna Olor A Dinero
Feliciano J. Espriella
Despierta la juventud en el mundo
Miércoles 21 de octubre de 2026
Les prometieron que estudiar y trabajar bastaría para vivir dignamente. Hoy, el desencanto juvenil se convierte en protesta y en advertencia para una clase política que confundió silencio con resignación.
Durante décadas se nos repitió que los jóvenes eran una generación apática, desencantada y ajena a la política. Era una etiqueta conveniente: una juventud callada no estorba. Esa comodidad se acabó. Hoy, de Francia a Albania, miles de jóvenes llenan las calles para exigir cuentas por un modelo económico que les hipoteca el presente y les cancela el futuro.
La promesa rota
El detonante no es una ideología ni un partido, sino una estafa generacional. A millones de jóvenes en Europa, Estados Unidos y América Latina se les vendió una fórmula sencilla: estudia, trabaja, esfuérzate y tendrás una vida digna. Cumplieron. Y se encontraron con sueldos que no alcanzan para una vivienda, con servicios públicos deteriorados y con precios que suben más rápido que sus ingresos. Todo mientras la riqueza se concentra en pocas manos.
Europa lo grita esta semana. Según reportan RTVE y DW, la chispa saltó a mediados de septiembre en un liceo de Créteil, cerca de París, donde los profesores pararon contra los recortes de plantilla. Los alumnos se sumaron y la protesta se extendió por Francia: el sábado 17 de octubre salieron a la calle al menos 550 mil personas, según cifras oficiales. De ahí saltó a Bélgica, Italia, Portugal, España y Albania.
En Italia, la inflación sube 4.2 % y los salarios apenas 2 %; los manifestantes piden mejores servicios públicos, impuestos más justos y menos gasto militar. En Portugal, los jóvenes acampan en Lisboa y Oporto contra alquileres imposibles, y un ministro respondió que el gobierno “no cederá ante los gritos de la calle”. En España, el rostro del hartazgo es Maricarmen Abascal, una jubilada de 87 años desalojada tras setenta años en su casa, cuyo alquiler un inversor había subido 430 %. Murió dos semanas después. Su nombre ya se oye hasta en Bruselas, donde los estudiantes lo resumieron en una consigna: “La Generación Z somos los últimos”.
Hubo violencia, y habrá quien se escude en ella: tiendas saqueadas, el ayuntamiento de Limoges incendiado, más de mil 800 detenidos en Francia. La ONU condenó los actos violentos y pidió bajar la tensión. Pero no hay que confundir el síntoma con la causa. Los gobiernos responden con toques de queda y militares en las calles; el primer ministro albanés, Edi Rama, mandó “a terapia” a quienes protestan. Ninguno ha respondido con la misma urgencia a lo que se les reclama.
Jalisco: el agua como bandera
En México, la indignación toma la forma del agua. Las recientes movilizaciones encabezadas por jóvenes en apoyo a las demandas por la calidad del agua en Jalisco, con eco en manifestaciones en la capital del país, muestran que aquí el malestar no es un fenómeno europeo importado, sino una misma exigencia por lo elemental.
Esto no es un hecho aislado. Los estudiantes entienden que el desabasto, la contaminación de los caudales y la mala gestión hídrica no son un castigo del clima, sino el saldo de omisiones gubernamentales acumuladas. El agua potable no es un favor político ni un trámite burocrático: es un derecho vital que no admite pretextos.
De espectadores a contrapeso
Los jóvenes dejaron de esperar a que las instituciones tradicionales resuelvan lo que llevan años sin resolver. Cuando pagar la vivienda, la energía o el agua es una batalla diaria, la protesta deja de ser una excepción y se convierte en prueba de que algo se rompió en el contrato entre gobernantes y gobernados.
A la clase política le conviene tomar nota. La generación a la que llamaron apática ya no pide permiso ni se conforma con discursos. El futuro ya no se decidirá a sus espaldas, y quien siga gobernando como si los jóvenes no existieran lo descubrirá pronto, en las calles o en las urnas.
Por hoy fue todo. Gracias por su tolerancia y hasta la próxima.
