Columna Olor A Dinero
Feliciano J. Espriella
Sindicalismo “charro” en el siglo XXI
Jueves 10 de septiembre de 2026
Mientras el oro rompe récords y las utilidades mineras se disparan, trabajadores de La Herradura y Noche Buena denuncian que la bonanza pasa frente a sus ojos. En Caborca, las viejas prácticas del sindicalismo corporativo parecen resistirse a morir.
En el discurso oficial de la Cuarta Transformación, el charrismo sindical —esa añeja práctica en la que las cúpulas gremiales terminan alineadas con los intereses patronales a costa de la clase trabajadora— debería estar sepultado.
Pero lo que ocurre en las entrañas del desierto sonorense demuestra que esas prácticas siguen vivitas y coleando en pleno siglo XXI.
El caso de las minas de oro La Herradura y Noche Buena, en Caborca, resulta ilustrativo.
Durante una reciente reunión con periodistas, la CTM-Sonora, encabezada por Javier Villarreal Gámez, expuso lo que considera un caso flagrante de sometimiento laboral. Aunque la CTM no posee la titularidad del contrato colectivo, salió en respaldo de trabajadores inconformes con su representación sindical.
La acusación apunta directamente hacia el sindicato encabezado por Carlos Pavón Campos, conocido entre sus adversarios como “El señor de los Amparos”.
Y aquí aparecen los números.
De acuerdo con cifras expuestas en ese encuentro por el economista Luis Núñez Noriega, y coincidentes en buena medida con los reportes financieros de Fresnillo PLC, el grupo minero atraviesa una extraordinaria bonanza.
No es para menos.
El oro, que hace algunos años rondaba los 1,500 dólares por onza, actualmente supera los 4,400 dólares. Fresnillo reportó en 2025 ingresos por 4,561 millones de dólares y una utilidad de 1,573 millones.
Son cifras espectaculares.
El problema aparece cuando esa prosperidad se compara con lo que reciben quienes todos los días bajan a las minas y contribuyen a generar semejante riqueza.
La legislación mexicana establece una participación de los trabajadores en las utilidades equivalente al 10 por ciento de la renta gravable de las empresas. Sin embargo, la reforma laboral estableció también un límite individual: tres meses de salario o el promedio de la PTU recibida durante los últimos tres años, lo que resulte más favorable al trabajador.
Y ahí está precisamente uno de los grandes temas que deberían discutirse.
Porque cuando una industria registra utilidades extraordinarias gracias al incremento espectacular del precio internacional de los metales, resulta legítimo preguntarse si quienes producen esa riqueza están participando proporcionalmente de la bonanza.
Según las estimaciones presentadas por la CTM, sin el límite legal vigente la participación podría alcanzar cifras cercanas a los 733 mil pesos por trabajador. En los hechos, sostienen sus dirigentes, los montos recibidos quedan muy lejos de esa cantidad.
La diferencia no es menor.
Estamos hablando de cientos de miles de pesos que, multiplicados por miles de trabajadores, podrían transformar no solamente la economía de sus familias, sino la de toda una región.
Caborca lo sabe perfectamente.
Años atrás, el reparto minero de mayo detonaba la construcción de viviendas, compra de vehículos, ampliaciones de casas, consumo y actividad comercial. El dinero generado en las minas circulaba por restaurantes, ferreterías, talleres, tiendas y pequeños negocios.
Hoy la paradoja resulta brutal: el oro nunca había brillado tanto, pero su resplandor alcanza cada vez menos a las comunidades que viven alrededor de las minas.
La CTM denuncia además que trabajadores interesados en cambiar de representación sindical han sufrido presiones, modificaciones de adscripción y otras formas de hostigamiento. Son acusaciones graves que, precisamente por ello, deberían ser investigadas por las autoridades laborales.
Porque la libertad sindical no consiste únicamente en escribirla en una ley.
Debe poder ejercerse.
México emprendió durante los últimos años una profunda reforma laboral que prometió democracia sindical, voto libre y secreto y auténtica representación de los trabajadores.
Por eso resulta contradictorio que, en pleno siglo XXI, sobrevivan prácticas que recuerdan al viejo corporativismo.
El sindicalismo “charro” ha sido históricamente uno de los grandes lastres de la clase trabajadora mexicana: dirigentes eternizados, contratos administrados desde las cúpulas y organizaciones más preocupadas por conservar privilegios que por defender a sus representados.
Si algo debiera distinguir a una verdadera transformación laboral es exactamente lo contrario.
Trabajadores libres para escoger a sus dirigentes.
Sindicatos que negocien para ellos y no por encima de ellos.
Y empresas exitosas que entiendan que la prosperidad también debe reflejarse en quienes generan diariamente esa riqueza.
Porque resulta difícil explicar que mientras el oro rompe récords históricos, los mineros tengan que pelear para recibir una porción mayor de la bonanza.
En Caborca hay mucho oro.
Lo que falta es que su brillo llegue también a quienes lo sacan de las entrañas de la tierra.
Por hoy fue todo, gracias por su tolerancia y hasta la próxima.
