Columna Olor A Dinero
Feliciano J. Espriella
T-MEC, lo mismo pero diferente
Viernes 3 de julio de 2026
El alud de comentarios catastrofistas que circuló desde el pasado miércoles, luego del anuncio de que Estados Unidos no aceptó extender el T-MEC en sus términos actuales, tiene un origen muy claro: el desconocimiento de lo que realmente ocurrió.
A quienes celebran anticipadamente un supuesto “apocalipsis” comercial, les adelanto que pronto sus pronósticos se desmoronarán. Y a quienes piensan que la economía mexicana entrará en crisis inmediata, conviene dejar algo perfectamente claro: el tratado sigue funcionando hoy exactamente igual que hace una semana.
Vale la pena entender tres realidades que los hechos y los números confirman.
1. El T-MEC no murió ayer; simplemente cambió de ritmo
Es incorrecto afirmar que el tratado terminó porque Estados Unidos decidió no firmar la extensión automática por 16 años. La realidad es otra: el acuerdo sigue vigente y continuará operando, al menos, hasta el 1 de julio de 2036.
Pensemos en un contrato de arrendamiento que buscabas renovar por largo plazo, pero el propietario decide mantener vigente el acuerdo original. No te están desalojando hoy; simplemente tendrás que renegociar con mayor frecuencia.
2. Estados Unidos necesita a México para competir con China
Un escenario de ruptura total luce altamente improbable porque representaría un enorme costo para la propia economía estadounidense. Para competir contra China, Washington necesita la capacidad manufacturera, la cercanía geográfica y la integración industrial que México ofrece.
Hoy, el equipo de cómputo y los servidores destinados a inteligencia artificial ya desplazaron a los vehículos como principal producto de exportación mexicana hacia Estados Unidos, con un crecimiento cercano al 145% en apenas un año.
México incluso superó a China como proveedor de varios componentes estratégicos derivados de la guerra arancelaria impulsada por Donald Trump contra Beijing.
Romper esa relación significaría poner en riesgo una parte esencial de la cadena que hoy sostiene el desarrollo tecnológico estadounidense. Y eso, simplemente, no le conviene a Washington.
3. El problema no es un choque, sino un desgaste gradual
Eso no significa que no exista riesgo. Pero el problema no es una crisis inmediata, sino algo más lento y silencioso: la pérdida de certidumbre.
Sin una extensión de largo plazo, las empresas enfrentarán revisiones anuales que inevitablemente generan cautela. Diversos análisis estiman que esta incertidumbre podría restarle algunas décimas de crecimiento al PIB mexicano cada año.
No estamos frente a un derrumbe económico, sino ante inversiones que podrían posponerse mientras el capital espera mayor claridad.
La diferencia es fundamental: una cosa es afirmar falsamente que el tratado terminó; otra muy distinta es reconocer que la incertidumbre puede enfriar nuevas inversiones.
Una ventana que podría abrirse en 2029
Existe además un factor poco comentado: el calendario político estadounidense.
En enero de 2029 llegará un nuevo ocupante a la Casa Blanca y, si la lógica reciente de alternancia se mantiene, podría surgir una administración demócrata con una visión distinta sobre la relación comercial con México.
Eso abriría la posibilidad de relanzar una renovación de largo plazo, replantear las revisiones anuales o incluso impulsar una renegociación completa bajo nuevas condiciones.
Dicho en términos simples: lo ocurrido esta semana no representa un punto final.
Lo que tenemos enfrente es un proceso político y económico que seguirá evolucionando durante la próxima década.
Por eso, más que hablar del fin del T-MEC, convendría entender que estamos entrando a una etapa distinta: el mismo tratado, sí… pero bajo reglas diferentes.
Por cierto, este viernes ampliaremos esta conversación en La Caliente 90.7 FM, a las 6:10 de la mañana, gracias al espacio que generosamente me comparte mi colega y amigo José Ángel Partida.
Por hoy fue todo.
Gracias por su tolerancia y hasta la próxima.
