Columna Archivo Confidencial
Armando Vásquez Alegría
Demasiadas lágrimas…
Viernes 3 de julio de 2026
HAY QUE SER UN DESALMADO para no sentir nada ante el dolor ajeno. El reciente llanto por despido de una defensora de oficio con 43 años de experiencia cuya plaza desaparecieron https://n9.cl/e4psm , la señora que se tira llorando frente a medios informativos en unos escalones porque el crimen organizado corrió a todo el pueblo https://n9.cl/9x5fqt y la madre buscadora pidiendo que la dejaran manifestarse a inicio del mundial https://n9.cl/z9dcuc , son tres dolorosos botones de muestra que nos obligan a expresar: pero qué chingados, cuando va aparar esto.
Hay millones de lágrimas más de padres que perdieron a sus hijos con cáncer por la necedad de destruir sistemas de distribución de medicinas sin tener un plan técnico para reemplazarlos; de familias que vieron morir a los suyos esperando una operación que nunca llegó porque los presupuestos de salud se esfumaron en la austeridad republicana.
Están también las lágrimas de los hijos asesinados o desaparecidos y los pueblos desplazados por un narco que avanza mientras el gobierno administra la narrativa con eslóganes; las de los pequeños comerciantes que ven quebrado el esfuerzo de su vida por el cobro de piso ante la mirada ausente de la autoridad, y las de los jóvenes profesionistas que ven cerradas las puertas del mérito porque hoy importa más la militancia que la capacidad.
Son las lágrimas del desamparo institucional, el llanto de un país que se desangra mientras sus gobernantes exigen antes que nada lealtad ciega y afinidad ideológica desdeñando la inteligencia de la nación, siguen vivos en la memoria los muertos en los accidentes de las obras faraónicas mal planeadas, rasga el dolor de las familias separadas por un mejor futuro allende la frontera norte. Y parece que a nadie le importa. ¿Somos desalmados o ya nos rendimos como pueblo?
Somos buenos para culpar a otros: al gobierno, políticos, a los ricos o que más tienen, al crimen organizado, al orgullo por ser pobres, pero nunca de los nunca a nuestras decisiones, la suya, la mía, la de todos. Eso de que estamos entre los diez países más felices del mundo es pura faramalla, festejamos el gol como el último asidero de felicidad que nos queda, no hay más. Ya regresaremos a esa realidad que duele.
Si no podemos arreglar nuestros asuntos como nación buscamos que otros lo hagan, allí esta Trump y su lucha de rebote contra los narcos a los que tuvo que catalogar como terroristas en una lucha que seguirá cuando deje su gobierno. O al tío Richie que quisiéramos que nos sacara de la irresponsabilidad económica que maneja este izquierdismo populista que nos está dejando paralíticos. Pero no hacemos nada para cambiar el sistema. Esas pequeñas medidas o políticas públicas que es el inicio de las mejoras.
Hay países que redujeron sus accidentes viales hasta en un 50% inicial permitiendo el cruce inclusive en diagonal (tipo Tokio) al detener el flujo de vehículos en las cuatro avenidas durante 30 segundos, hay otros donde el cobro de la tenencia o impuesto vehicular está basado en el kilometraje recorrido. En Londres y Estocolmo colocaron cámaras y te llega a tu casa un cobro extra cuando llegas a una zona de alta congestión en hora pico.
En Estonia y Nueva York simplificaron el lenguaje en sus formatos de apoyo para becas u de otros tipos, en Reino Unido y Chile no prohibieron la comida chatarra, sino que se aprobó un impuesto escalonado en el cual pagan menos aquellos productos con menos azúcar. En California el costo del parquímetro sube si la calle está llena y baja si está vacía.
En Alemania al comprar una botella de plástico o lata, pagas un “depósito” extra de 25 centavos de euro. Te lo devuelven en efectivo al meter el envase en una máquina recicladora. En Reino Unido, al entrar a un empleo, el gobierno obliga a que te inscriban por defecto en un fondo de ahorro para el retiro. Si no quieres, tienes que llenar un formato para salirte. En Barcelona cambiaron luminarias públicas no por “zonas automotrices”, sino priorizando banquetas oscuras, esquinas y paradas de autobús.
Hay regiones de la Unión Europea y Singapur, que rompieron el modelo de la vieja pelea de “¿Qué es mejor? ¿Mucho mercado (derecha) o mucho Estado (izquierda)?” El gobierno actúa como inversor de riesgo y traza grandes misiones nacionales convocando a todos aquellos que pudieran encontrar y maniobrar una problemática –incluyendo empresas–, bajo reglas estrictas de beneficio social.
En Dinamarca, Finlandia o Estonia mutaron a un modelo de Estado mediante Big Data e inteligencia de datos y saben qué necesitas antes de que lo pidas. Si pierdes el empleo o nace un hijo, el sistema automatizado transfiere los subsidios, asigna guarderías y ofrece opciones de reentrenamiento laboral sin que la persona llene un solo formato. Redujeron la corrupción a casi cero porque eliminaron a los “intermediarios” políticos.
En Irlanda, Bélgica y Francia han comenzado a institucionalizar las Asambleas Ciudadanas Aleatorias para destrabar problemas sociales complejos que los diputados no se atreven a tocar por miedo a perder votos, se elige por sorteo (como una lotería, pero equilibrada por edad, género y nivel socioeconómico) a un grupo de 100 ciudadanos comunes. Escuchan y debaten. De allí suelen surgir leyes o decretos y hay garantía de que este modelo funciona. Todos estos puntos son con un efecto dominó positivos.
Ni hablar del Fondo de Petróleo de Noruega, el éxito de la donación de órganos en España o como en Francia y Japón sus jóvenes más brillantes y mediante sesudos exámenes de ingreso, pasan a ser parte de la casta directiva de los gobiernos, son inamovibles, llegue quien llegue al poder.
Por cierto, en México se promulgó en 2003 la Ley del Servicio Profesional de Carrera, pero el compadrazgo y la corrupción le dieron en la torre y llegó este gobierno que la borró por ser un vicio neoliberal aplicando aquello de diez por ciento de capacidad, 90 de honestidad y 100% de lealtad a la 4T.
Así pues, en México ya probamos casi todos los tipos de gobierno. Desde 1821 hemos pasado por monarquías, repúblicas federales, dictaduras y regímenes de partido casi único hasta llegar a la alternancia democrática y al actual periodo de izquierda populista.
Nos falta vivir en un sistema parlamentario puro como el de Reino Unido, Alemania, España, Japón, Canadá; una monarquía parlamentaria estilo Noruega, Suecia, Dinamarca, Países Bajos y Japón donde el rey manda, pero no gobierna; un Estado unipartidista hegemónico como en China, Cuba, Vietnam, Corea del Norte o en una teocracia estilo Irán o El Vaticano.
En el caso de la democracia directa de Suiza se utiliza un sistema semidirecto donde el gobierno no toma decisiones importantes sin consultar a los ciudadanos a través de referéndums obligatorios varias veces al año. Aunque en México ya existen las consultas populares y la revocación de mandato, estamos muy lejos del nivel de integración cotidiana que tienen los suizos.
Ya no hay más. México se está desmadejando al debilitar su esqueleto técnico al colocar a mucho pendejo en la toma de decisiones importantes. O más fino, como lo resumía muy bien el economista Thomas Sowell: “Muchas de las peores catástrofes del mundo han sido causadas por personas que intentaban hacer el bien, pero que no tenían la menor idea de cómo funcionaban las cosas”.
Y como una tablita de salvación nos queda el pensamiento de Max Weber quien dijo que los Estados modernos exitosos transitan del poder carismático (donde todo depende de un líder fuerte) al poder legal-racional en el cual el esqueleto técnico es una institución sagrada.
A México no le falta ensayar un color ideológico (ya tuvimos derecha, centro e izquierda); lo que nunca ha tenido es una separación real entre la clase política (los que ganan elecciones) y la clase administrativa (los que operan el país).
Y es en esta diferenciación en la que podemos enmarcar el llanto de miles de mexicanos.
EN FIN, por hoy es todo, el lunes le seguimos si Dios quiere.
Armando Vásquez Alegría es periodista con más de 35 años de experiencia en medios escritos y de internet, cuenta licenciatura en Administración de Empresas, Maestría en Competitividad Organizacional y Doctorando en Administración Pública. Es director de Editorial J. Castillo, S.A. de C.V. y de “CEO”, Consultoría Especializada en Organizaciones.
Correo electrónico: archivoconfidencial@hotmail.com
