Por qué Paulina no…

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Columna Olor A Dinero

Feliciano J. Espriella

Por qué Paulina no…

Lunes 18 de mayo de 2026

En mi entrega anterior, titulada Hermosillo no está para curvas de aprendizaje, me referí a la eventual candidatura de Fernando Rojo de la Vega a la alcaldía de Hermosillo, con enfoque sobre experiencia, autonomía política y conocimiento real del territorio.

Dicha columna suscitó una gran cantidad de comentarios, tanto a favor como en contra. En algunos de ellos me señalaron que la argumentación también podía aplicarse a Paulina Ocaña, quien igualmente suena fuerte para la candidatura de Morena por la alcaldía de Hermosillo y que, por lo tanto, debí incluirla.

La razón, en mi opinión, —que quede claro—, es que ambos, con la bendición de Morena, tendrían amplias posibilidades de ganar la contienda. Sin embargo, aun reconociendo que la madurez y experiencia de Fernando Rojo siguen siendo insuficientes para una responsabilidad de ese tamaño, de cualquier manera su trayectoria personal y su experiencia en el servicio público le otorgan un andamiaje más sólido para ponderar la decisión.

En el caso de Paulina Ocaña, la reflexión es distinta.

Paulina ha construido una carrera política vertiginosa. Aunque no tengo el gusto de conocerla personalmente ni he cruzado palabra con ella, me parece una mujer inteligente, disciplinada y consciente de que posee futuro político y un legado familiar al cual responder. Precisamente por eso, creo que debería pensar dos veces antes de aceptar una candidatura tan demandante y riesgosa como la alcaldía de Hermosillo.

Apostarlo todo a tres años de gobierno sería como enfrentar a un novillero contra un miura de seiscientos kilos: una mala tarde puede terminar abruptamente con una carrera que prometía mucho más recorrido.

Porque Hermosillo no es cualquier municipio.

Gobernar la capital de Sonora implica lidiar simultáneamente con problemas de agua, movilidad, inseguridad, basura, crecimiento urbano desordenado, transporte, pavimentación, presión empresarial, grupos políticos, sindicatos, colonias populares inconformes y una ciudadanía cada vez más crítica y menos tolerante a la improvisación.

La alcaldía hermosillense no concede demasiado margen para aprender sobre la marcha.

A diferencia de otros municipios donde el peso político puede compensar deficiencias administrativas, en Hermosillo el alcalde está permanentemente bajo reflector. Cada fuga de agua, cada bache, cada crisis vial y cada problema de recolección de basura terminan convertidos en desgaste político diario.

Y la historia reciente demuestra que no necesariamente es una plataforma de ascenso político.

Por el contrario.

Cuando menos desde mediados del siglo pasado a la fecha, ningún exalcalde de Hermosillo ha llegado posteriormente a la gubernatura de Sonora. Ninguno.

Más aún: para varios, la experiencia terminó siendo el inicio de un desgaste irreversible o, de plano, una muerte política tácita.

La explicación quizá sea sencilla: Hermosillo consume políticamente. La ciudad exige demasiado y agradece poco. El nivel de exposición es brutal y los errores se magnifican.

Por eso sorprende la ligereza con la que algunos grupos políticos impulsan candidaturas bajo la lógica de la popularidad momentánea, las relaciones personales o la cercanía con el poder.

Gobernar Hermosillo requiere algo más profundo: carácter, oficio político, capacidad técnica y, sobre todo, experiencia para tomar decisiones bajo presión.

No se trata de negar oportunidades a las nuevas generaciones. Sería absurdo. La política necesita renovación.

Pero una cosa es abrir espacios gradualmente y otra muy distinta arrojar a alguien a una trituradora política antes de tiempo.

Paulina Ocaña podría tener futuro en Sonora. Incluso uno muy relevante. Pero precisamente por eso, quizá lo más inteligente sería no precipitar etapas.

Porque hay carreras políticas que se construyen con paciencia… y otras que terminan destruidas por llegar demasiado pronto al lugar equivocado.

Por hoy fue todo.

Gracias por su tolerancia y hasta la próxima

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