El poder nunca se jubila

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Columna Olor a Dinero

Feliciano J. Espriella

El poder nunca se jubila

Viernes 5 de junio de 2026

La vieja tentación de gobernar después de dejar el cargo

Hay una característica del poder político que la historia mexicana ha demostrado una y otra vez: rara vez acepta jubilarse por completo.

Los gobernantes terminan sus mandatos, abandonan las oficinas, entregan las bandas, dejan las residencias oficiales y se despiden de los reflectores institucionales. Pero muchos nunca dejan realmente el poder. O, al menos, nunca dejan de intentar conservar una parte de él.

A veces lo hacen mediante el control de partidos políticos. Otras, a través de grupos legislativos, sindicatos, operadores financieros o redes empresariales construidas durante años. Y en tiempos más recientes, también mediante la promoción acelerada de jóvenes cuadros políticos que crecen bajo la sombra, protección y narrativa del gobernante en turno.

No se trata necesariamente de una conspiración. Tampoco de un fenómeno nuevo. En realidad, forma parte de una vieja tradición política mexicana: la obsesión por influir en el futuro aun después de haber dejado el presente.

Durante décadas, el sistema político mexicano perfeccionó mecanismos para garantizar la continuidad de grupos, intereses y proyectos personales. El viejo PRI dominó el arte de fabricar sucesiones controladas. Los gobernadores construían equipos compactos de leales, repartían posiciones estratégicas y preparaban generaciones enteras de funcionarios cuya principal virtud no siempre era la experiencia o la autonomía, sino la cercanía con el poder.

Algunos lo llamaban disciplina política. Otros, simple supervivencia.

Con el paso del tiempo, las formas cambiaron, pero no necesariamente el fondo. Hoy ya no basta controlar estructuras partidistas o negociar candidaturas. La política moderna también requiere construir imagen pública, presencia digital, posicionamiento mediático y percepción generacional. Y ahí es donde los jóvenes se han convertido en piezas particularmente valiosas.

La juventud vende bien políticamente.

Proyecta renovación, frescura, dinamismo y futuro. Permite transmitir la idea de cambio aun cuando las estructuras reales del poder permanezcan intactas. En muchos casos, además, los cuadros jóvenes ofrecen algo especialmente atractivo para cualquier gobernante: lealtades todavía en formación.

Por supuesto, sería absurdo cuestionar la participación de nuevas generaciones en la vida pública. Toda democracia necesita renovación. El problema comienza cuando el principal criterio para los ascensos acelerados no parece ser la capacidad, la trayectoria o el conocimiento, sino la cercanía personal con quien gobierna.

Porque entonces la formación de cuadros puede convertirse en otra cosa: la fabricación de relevos dependientes.

Y ahí aparece una pregunta incómoda que la historia mexicana ha dejado muchas veces sobre la mesa: ¿se están formando líderes auténticos o simplemente administradores temporales del legado político de alguien más?

No es casual que muchos gobernantes muestren una fascinación especial por rodearse de grupos jóvenes. En ellos encuentran energía, disciplina, capacidad operativa y, sobre todo, menores niveles de confrontación interna. Un político veterano suele tener agenda propia; uno joven, muchas veces todavía construye la suya alrededor del liderazgo que lo impulsó.

Pero existe un problema que el poder frecuentemente subestima: la política real es mucho más cruel que las campañas de posicionamiento.

La historia mexicana está llena de generaciones políticas promovidas intensamente desde el poder que parecían destinadas a dominar el futuro y que terminaron diluyéndose apenas desapareció la figura que las sostenía. Muchos

jóvenes encumbrados rápidamente descubrieron que una cosa es crecer bajo el cobijo del gobernante en turno y otra muy distinta sobrevivir políticamente cuando esa sombra desaparece.

Porque el poder puede abrir puertas, acelerar carreras y fabricar notoriedad. Lo que no siempre puede fabricar es liderazgo auténtico.

Y menos aún permanencia histórica.

En las próximas entregas revisaré tres casos que ilustran distintas versiones de este fenómeno: el impulso de jóvenes cuadros durante el echeverrismo en los años setenta; la llamada “Sub17” durante el gobierno de Eduardo Bours Castelo; y la actual exposición política y mediática de jóvenes funcionarios cercanos al gobernador Alfonso Durazo.

Los contextos históricos son distintos. También las herramientas de promoción, las plataformas mediáticas y las circunstancias políticas. Pero en todos los casos aparece una misma interrogante de fondo: si detrás de esos procesos existe solamente una legítima renovación generacional… o también la vieja tentación de seguir gobernando después de haber dejado el cargo.

Porque el tiempo suele demostrar algo incómodo para quienes intentan construir herederos políticos desde el poder: las lealtades pueden administrarse, las posiciones pueden repartirse y las carreras pueden impulsarse.

Pero la estatura política verdadera no se hereda.

Y tarde o temprano llega la prueba definitiva: caminar sin la sombra del fundador.

Por hoy fue todo.

Gracias por su tolerancia y hasta la próxima.

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