Columna Olor A Dinero
Feliciano J. Espriella
¿Techo o comida? El dilema del siglo XXI
Martes 6 de octubre de 2026
Pagar la vivienda obliga a millones de personas a recortar otros gastos. Construir casas ayuda, pero garantizar un hogar digno exige también suelo accesible, financiamiento y protección frente a la especulación.
Hay decisiones que ninguna familia debería tener que tomar. Elegir entre pagar la renta y llenar el refrigerador es una de ellas. Y, sin embargo, millones de personas la enfrentan cada mes, en silencio, recortando un poco de comida aquí y posponiendo una consulta médica allá, hasta que el sacrificio se vuelve rutina.
No es una exageración de columnista. Según ONU-Hábitat y Hábitat para la Humanidad, unos 3,400 millones de personas viven en condiciones precarias de vivienda. El mundo arrastra un déficit de entre 269 y 288 millones de hogares, y más de 1,130 millones de personas habitan en asentamientos informales. Detrás de cada cifra hay alguien que cuenta monedas antes de dormir.
La raíz del problema es una decisión de época: en buena parte de las economías capitalistas, la vivienda dejó de ser el lugar donde se vive para convertirse en un negocio. De las grandes ciudades de Estados Unidos a España, el alza de rentas e hipotecas ha arrinconado a quienes trabajan. Cuando el techo se trata como inversión, quien lo necesita para vivir compite contra quien lo quiere para ganar, y esa competencia no es entre iguales.
El informe global “Un hogar, pero ¿a qué costo?” lo resume en un dato: el 75% de las familias del mundo recorta gastos esenciales, como alimentos o atención médica, para sostener su vivienda. Es decir, para conservar las paredes se descuida el cuerpo de quienes las habitan.
México está peor que ese promedio. Entre las 30,758 personas consultadas en 22 países, ocho de cada diez mexicanos encuestados (80%) admitieron comer menos o posponer atención médica para pagar su casa. La inseguridad habitacional no comienza el día en que se pierde el hogar, sino mucho antes, en cada comida que se omite y en cada malestar que se aguanta para llegar a fin de mes.
El miedo también forma parte de la factura. El 56% de los mexicanos encuestados teme que un imprevisto económico le haga perder su casa, frente al 48% a nivel global. Y no es un temor abstracto: el 36% de los hogares ya agotó sus ahorros o su fondo de emergencia, y el 34% tuvo que conseguir un trabajo adicional para cubrir los gastos de vivienda. Hay quienes trabajan más horas no para vivir mejor, sino para no perder lo que ya tienen.
Muchas familias resuelven el problema con sus propias manos. El 57.3% de las viviendas del país son construidas por sus dueños, un proceso que tarda en promedio 20 años por la falta de financiamiento formal y asesoría técnica. Dos décadas de ladrillo sobre ladrillo, de ahorrar para el siguiente cuarto, de vivir en obra negra. Esa perseverancia merece admiración, pero también debería avergonzar a un sistema que la vuelve necesaria.
Y cuando el hogar existe, no siempre protege. El 37% de los mexicanos reporta humedad, moho o condiciones insalubres en su casa, frente al 23% a nivel mundial. Un tercio (33%) cree que la gentrificación y la especulación inmobiliaria le dificultarán seguir viviendo en su colonia durante los próximos tres años, y otro tercio (33%) teme los efectos de fenómenos climáticos extremos. Se puede tener techo y aun así no tener paz.
Por eso hay que decirlo sin rodeos: el mercado, por sí solo, no ha garantizado ni garantizará viviendas dignas y asequibles. Pero tampoco basta con invocar al Estado como si nombrarlo resolviera el problema.
México lleva ocho años de gobiernos que se asumen progresistas y que han hecho de la justicia social su bandera. Sin embargo, el dilema entre techo y comida no solo persiste: todo indica que se agrava. La administración actual ha lanzado un ambicioso programa de vivienda, y ese esfuerzo merece reconocerse. Pero en Sonora el rezago es evidente y todo apunta a que ocurre algo similar en buena parte del país. Y aun si el programa se cumpliera al pie de la letra, sería apenas un paliativo.
La razón es sencilla: construir casas no equivale a resolver el problema de la vivienda. Mientras las rentas sigan subiendo, el suelo urbano siga siendo botín de especuladores, el crédito siga siendo inaccesible para quien gana poco y millones de familias sigan levantando su hogar ladrillo a ladrillo durante veinte años, cada vivienda nueva será una gota
en un mar que crece más rápido de lo que se vacía. Un programa de obra puede entregar llaves; no puede, por sí solo, corregir las causas.
Lo que se necesita es una política de Estado que sobreviva a los sexenios y a las fotografías de inauguración: regular el mercado del suelo y de los alquileres, frenar la especulación, abrir financiamiento real a la autoproducción y garantizar certeza legal a quienes ya habitan sus terrenos.
Una sociedad se mide por lo que garantiza a quienes menos tienen. Y hoy millones de mexicanos siguen haciendo, cada mes, una cuenta cruel: o comen, o conservan su techo. Ningún gobierno, del signo que sea, puede darse por satisfecho mientras esa sea la aritmética de su pueblo.
Por hoy fue todo. Gracias por su tolerancia y hasta la próxima.
