Columna Olor A Dinero
Feliciano J. Espriella
Viajar es una decisión
Jueves 16 de abril de 2026
El día de hoy iniciaré un viaje largo. Mi compañera de vida y yo atravesaremos el Atlántico en ambos sentidos y visitaremos algunas ciudades y regiones del viejo continente durante aproximadamente dos meses.
No es un viaje cualquiera. No lo es por la duración, ni por la distancia, ni siquiera por los destinos. Es distinto porque representa, una vez más, la confirmación de una idea que con los años se ha ido consolidando en mi vida: viajar no es cuestión de posibilidades… es cuestión de decisión.
Durante mucho tiempo, mis salidas del país fueron limitadas. Hasta 2005, mis únicos viajes internacionales habían sido a algunas ciudades del suroeste de Estados Unidos. Nada fuera de lo común. Nada que pudiera presumirse como experiencia global.
Ese mismo año dimos el primer paso distinto: Sudamérica. Chile y Argentina. Fue ahí donde comenzó todo.
Después vendría China en 2007… y de ahí, como se dice coloquialmente, pa’l real.
Casi sin darnos cuenta, comenzamos a recorrer el mundo.
Nos hemos asombrado frente a la majestuosidad de Machu Picchu; nos hemos detenido a contemplar la imponencia del Cristo Redentor; nos hemos maravillado ante el gigantesco Gran Buda de Kioto y recorrido tramos de la imponente Gran Muralla China.
Pero más allá de los destinos, lo verdaderamente transformador ha sido el trayecto.
Hemos viajado en prácticamente todo: desde los rudimentarios sanlunche en China —esos triciclos con capota impulsados por la fuerza humana— hasta trenes de alta velocidad, ferrys, cruceros y, por supuesto, aviones. Hemos cruzado océanos por aire, por mar… e incluso por debajo del agua, a través del Eurotúnel.
Y, sin embargo, durante todos estos años, nunca escribí sobre ello.
No por falta de historias. Tampoco por ausencia de experiencias.
Simplemente porque la narrativa de viajes no es un género que haya cultivado, y porque siempre existió una reserva personal: evitar que se interpretara como presunción.
Pero hay momentos en los que uno entiende que callar también es desperdiciar una posibilidad.
Y este es uno de ellos.
Porque si algo he aprendido en estos años es que existe una constante que se repite en muchas conversaciones: personas que sueñan con viajar, que hablan de ciudades, de países, de culturas… pero que nunca dan el paso.
No siempre por falta de recursos.
No siempre por falta de tiempo.
Muchas veces, por algo más difícil de identificar: miedo, incertidumbre, comodidad, o simplemente la inercia de la vida cotidiana.
Se pospone. Se racionaliza. Se aplaza.
“Algún día”.
Y ese “algún día” se convierte, con frecuencia, en nunca.
Por eso hoy quiero plantearlo con toda claridad: viajar es una decisión.
No significa que sea fácil. No significa que no implique sacrificios. Tampoco que no haya obstáculos.
Pero cuando uno toma la decisión, sucede algo interesante: empieza a acomodar la vida en función de ese objetivo.
Se ajustan gastos. Se reorganizan prioridades. Se buscan alternativas.
Y, poco a poco, lo que parecía lejano empieza a volverse posible.
Viajar no es únicamente trasladarse de un punto a otro. Es exponerse a otras formas de pensar, de vivir, de entender el mundo. Es cuestionar lo propio a partir de lo ajeno. Es ampliar el horizonte.
Y, en ese proceso, también transformarse.
Hoy iniciamos un nuevo recorrido. Y con él, una nueva etapa.
Durante este viaje estaré escribiendo y compartiendo algunas experiencias en esta serie que llevará por título “Notas de viaje”. Por ello, la columna Olor a Dinero pasará, temporalmente, a una periodicidad semanal.
No será una bitácora turística. Tampoco una guía de destinos.
Será, más bien, una invitación.
Una invitación a romper inercias, a cuestionar límites autoimpuestos y, sobre todo, a entender que muchas de las cosas que creemos imposibles… en realidad están esperando una sola acción:
Decidirnos.
Por hoy fue todo.
Gracias por su tolerancia y hasta la próxima
