Columna Olor A Dinero
Feliciano J. Espriella
¿Revolución silenciosa o espejismo electoral? El reto de MC en Sonora
Jueves 19 de marzo de 2026
Movimiento Ciudadano intenta capitalizar el desgaste del sistema político en Sonora apostando por crecimiento territorial, voto joven y rechazo a alianzas, pero enfrenta el desafío de convertir discurso en estructura real.
En Sonora comienza a tomar forma un fenómeno político que el oficialismo parece subestimar: una inconformidad social que no se expresa con estridencia, pero que sí se acumula. Movimiento Ciudadano (MC), bajo la dirigencia estatal de Natalia Rivera Grijalva, busca capitalizar ese ánimo con una narrativa provocadora: la de una “revolución silenciosa” impulsada por ciudadanos que deciden participar pese al miedo.
Y no es un miedo abstracto. Es el que provoca el crimen organizado, el que generan posibles auditorías fiscales selectivas, o el que deriva del uso político del poder institucional. En ese contexto, Rivera plantea que hoy existe un “poder absoluto” que ha debilitado los contrapesos democráticos en el país y en el estado.
El diagnóstico no es menor. Morena gobierna con amplio control territorial y político, mientras que PRI y PAN arrastran un desgaste profundo. En ese vacío, MC intenta posicionarse no como una oposición más, sino como una alternativa distinta. La pregunta de fondo es si esa narrativa puede traducirse en votos… o si se quedará en un buen discurso.
Uno de los pilares de esta estrategia es el crecimiento territorial. Rivera sostiene que el partido ha pasado de tener presencia marginal —menos de 10 municipios— a contar con alrededor de 40 coordinaciones, con la meta de cubrir los 72 municipios rumbo a 2027. El dato es relevante, pero exige matices: presencia no es lo mismo que estructura electoral sólida. Tener coordinadores no garantiza movilización, defensa del voto ni competitividad real.
El segundo eje es quizá el más claro: el rechazo absoluto a alianzas con PRI y PAN. MC apuesta por competir en solitario bajo la lógica de que el electorado castiga las mezclas contradictorias. La experiencia reciente en algunos estados respalda parcialmente esta tesis, pero también implica un riesgo evidente: dividir el voto opositor frente a una maquinaria oficial bien aceitada.
Aquí aparece el dilema estratégico de MC: crecer como marca propia o ganar elecciones. No siempre ambas cosas ocurren al mismo tiempo.
En el terreno programático, Rivera intenta diferenciarse con propuestas que buscan conectar con segmentos específicos, particularmente los jóvenes. Entre ellas destacan el voto a partir de los 16 años, la obligatoriedad del sufragio con sanciones administrativas y la anulación de elecciones en casos de violencia política extrema, como el asesinato de candidatos.
Son ideas disruptivas que generan debate, pero que también enfrentan obstáculos constitucionales y de viabilidad política. En otras palabras, funcionan bien como bandera, pero no necesariamente como política pública inmediata.
El cuarto componente de la estrategia es el uso de figuras con atractivo generacional, como Jorge Álvarez Máynez y Luis Donaldo Colosio Riojas. Este último, en particular, representa para MC una carta simbólica poderosa: apellido con peso histórico, discurso moderado y una gestión municipal evaluada positivamente en Monterrey.
Sin embargo, depender de figuras también entraña riesgos. La política mexicana ha demostrado que los liderazgos personales pueden impulsar, pero también limitar a un partido si no existe una estructura que los respalde.
Finalmente, está la apuesta conceptual: la “revolución silenciosa”. Es, sin duda, una idea potente. Sugiere que el cambio no vendrá de grandes movilizaciones, sino de decisiones individuales acumuladas. Pero también encierra una fragilidad: lo silencioso no siempre es medible, ni necesariamente suficiente para derrotar a un aparato político consolidado.
Movimiento Ciudadano ha identificado correctamente el desgaste del sistema tradicional y el hartazgo ciudadano. Su diagnóstico, en buena medida, es acertado. El reto real está en la ejecución: convertir simpatía en organización, discurso en votos y narrativa en poder.
Porque en política, la diferencia entre una revolución y un espejismo suele ser una sola cosa: la capacidad de ganar elecciones.
Por hoy fue todo. Gracias por su tolerancia. Y hasta la próxima.
