Columna Archivo Confidencial
Armando Vásquez Alegría
El vértigo de la orfandad ideológica
Miércoles 18 de marzo de 2026
LA HISTORIA NO SE REPITE, pero a menudo rima, decía Mark Twain. En este convulso marzo los ecos de 1989 con la caída del Muro de Berlín, resuenan con una fuerza inusitada en el Caribe, pero su onda expansiva sacude los cimientos mismos de Palacio Nacional.
Lo que estamos presenciando no es simplemente el colapso económico de una Cuba asfixiada; es la demolición del software político que sostuvo a la izquierda latinoamericana por décadas.
Para entender la magnitud del sismo, hay que mirar atrás. Si Fidel Castro fundó el Foro de São Paulo en 1990 como un “arca de Noé” tras la caída de la URSS, Andrés Manuel López Obrador intentó perfeccionar la fórmula con la creación del Grupo de Puebla.
Este movimiento no fue solo una plataforma de diálogo, sino el vehículo diseñado para ungir a México como el nuevo eje rector de las izquierdas, con AMLO asumiendo el ropaje de un “nuevo Fidel” regional: el patriarca moral de la “Patria Grande”. El Mesías tropical.
Sin embargo, a diferencia del modelo cubano que logró exportar su mística durante medio siglo, el “modelo mexicano” de la Cuarta Transformación nace inacabado y, lo que es más grave, se enfrenta a un entorno exterior que no admite romanticismos.
La reaparición del expresidente hace apenas unos días, convocando a colectas ciudadanas para auxiliar a una Cuba en quiebra técnica, es el síntoma de una ceguera voluntaria. AMLO se aferra a un ancla que ya se soltó del fondo, intentando salvar un barco que hoy es más un lastre que un puerto seguro.
Pero este maremoto ideológico no solo sacude a los políticos de carrera; arrastra consigo a toda una estructura social y cultural que construyó su identidad bajo la sombra del “excepcionalismo cubano”. Hoy, esa vasta red se enfrenta a una orfandad absoluta.
En este círculo de desamparo se encuentran, en primer lugar, los intelectuales orgánicos, académicos que verán sus tesis sobre el “socialismo del siglo XXI” convertidas en arqueología política, periodistas, columnistas que ya no pueden culpar al “bloqueo” de cada falla técnica en el paraíso, caricaturistas que han perdido su musa de resistencia, artistas, políticos de carrera que hicieron de la defensa de la Isla su carnet de identidad.
Pero la onda expansiva llega más profundo: a los dirigentes sindicales, especialmente de las universidades públicas, que durante años utilizaron la retórica castrista para movilizar bases; a los movimientos estudiantiles universitarios que aún cuelgan el poster del “Che” como si fuera una brújula vigente; y a partidos como el PT, que, aunque mantiene su raigambre en la lejana Corea del Norte, siempre encontró en La Habana su validación regional más próxima.
Incluso el terreno de la fe se ve sacudido. Sectores religiosos vinculados a la Compañía de Jesús y los últimos herederos de la Teología de la Liberación ven cómo su “opción por los pobres” se estrella contra la realidad de un régimen que terminó empobreciendo y reprimiendo a los mismos que juró liberar.
Estos personajes, que se ufanaban de un socialismo que hoy se admite fracasado, se quedan sin narrativa. Su tragedia no es solo política, es existencial al perder el espejo donde se miraban para sentirse revolucionarios.
Esta orfandad ideológica generará un vacío que muchos intentarán llenar con un radicalismo aún más estridente o con un silencio cómplice, incapaces de procesar que el referente que les dio sentido durante toda su vida ha dejado de existir. La caída de Cuba es, para ellos, la pérdida de su brújula moral. Claro que en su ceguera culparán a EU y odiarán más a Trump y a Marco Rubio.
Por cierto, este “empecinamiento” de AMLO ocurre en el momento menos oportuno. Mientras el exmandatario y su corte de intelectuales orgánicos se pierden en la nostalgia, el gobierno de Trump ha comenzado a desarticular metódicamente las concesiones que permitieron la expansión de este modelo que desaparecerá una vez que Cuba se abra a la inversión extranjera, reforme su economía, incluya la existencia de la propiedad privada, cambie su liderazgo –salga Días-Canel–, libere a sus presos políticos, como ya lo está haciendo y permita que EU tenga acceso a recursos estratégicos.
Sheinbaum sabe muy bien que las amenazas de aranceles y la revisión “incómoda” del T-MEC programada para este año son herramientas de presión para obligar a México a elegir entre la integración económica o la solidaridad con el autoritarismo disfuncional. Esperemos que su mente fría no le ocasione jiricua.
Hay que recalcar que el modelo de AMLO es un proyecto a medio construir. Su éxito dependía de una estabilidad externa que ya no existe. Al intentar conformarse como el sucesor de la mística fidelista, ignoró que México depende vitalmente de su integración con Norteamérica.
Su terquedad de no entender que el “ancla” cubana es hoy un veneno diplomático coloca al país en una posición de vulnerabilidad extrema ante un Trump que no tiene interés en convivir con centros de gravedad izquierdistas en su frontera sur.
En medio de este terremoto, Claudia Sheinbaum quien toda su vida giró en la izquierda, la caída del régimen cubano trasladaría su narrativa de la “gesta revolucionaria” al “Estado de Bienestar Moderno”, pero este es otro tema para más delante.
Por lo pronto la radicalización de su mentor le representa un desafío existencial. Ella es la heredera de un “presidencialismo nuevo”, pero su legitimidad está siendo puesta a prueba. Sheinbaum, científica por formación, sabe que no puede navegar el 2026 con los mapas de 1959, 1989 o los de 1990.
Mientras el sector duro de Morena presiona para mantener el subsidio simbólico a la Isla, la presidenta debe gestionar una economía que no resistiría un quiebre con Washington. Su estrategia parece ser la de una “purga silenciosa”: mantener la cortesía discursiva hacia AMLO, mientras en los hechos acelera las negociaciones con el equipo de Trump para salvar el tratado comercial.
Pero ojo, para Sheinbaum la caída de Cuba, paradójicamente, sería su carta de libertad para apagar las voces de los radicales que pretenden gobernar por ideología y no por resultados. Sus cambios a la ley electoral, de las últimas banderas de AMLO, buscan reforzar el poder de Morena por siempre hasta que quede un solo partido como en Cuba donde la población ya tronó contra el partido comunista, se hartaron.
¿Cuántos países se vieron envueltos en la jerga de movimientos que tenían en Cuba su piedra angular?, fueron una treintena ubicados desde las selvas colombianas hasta las calles de Managua, por ello la caída del referente cubano desarticula la capacidad de respuesta coordinada de la izquierda continental.
Es así como el Grupo de Puebla, privado de su sustento moral en la Isla, corre el riesgo de quedar como un club de expresidentes nostálgicos. Estamos ante el fin de una era. Este año marcará el momento en que la izquierda latinoamericana tuvo que elegir entre hundirse con su pasado o reinventarse en la modernidad.
La caída del régimen cubano conllevará que aquellos líderes que sigan “anclados” sean barridos por la ola de pragmatismo que exige el nuevo orden global. La historia ha soltado el ancla ideológica y quienes se aferren a ella, simplemente se irán al fondo con el barco.
EN FIN, por hoy es todo, mañana le seguimos si Dios quiere.
Armando Vásquez Alegría es periodista con más de 35 años de experiencia en medios escritos y de internet, cuenta licenciatura en Administración de Empresas, Maestría en Competitividad Organizacional y Doctorando en Administración Pública. Es director de Editorial J. Castillo, S.A. de C.V. y de “CEO”, Consultoría Especializada en Organizaciones.
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