Columna Olor A Dinero
Feliciano J. Espriella
Cuando el petróleo tiembla, México se sacude
Viernes 6 de marzo de 2026
La tensión petrolera mundial vuelve a poner a México frente a un dilema económico clásico: más ingresos por exportación de crudo, pero gasolina más cara, inflación y presión sobre las finanzas públicas.
Cuando el mundo habla de guerras, los economistas miran otra cosa: el precio del petróleo. Ese indicador es hoy el verdadero termómetro para saber si estamos ante una simple turbulencia o frente a una tormenta económica global.
Para México la referencia clave es el precio del Brent. Si el barril se mantiene por debajo de los 90 dólares, el sistema económico puede absorber el golpe. Pero si cruza de manera sostenida la frontera de los 95 dólares, entramos en una zona de riesgo donde las repercusiones comienzan a sentirse en el tipo de cambio, en la inflación y, por supuesto, en el bolsillo de los consumidores.
Los analistas internacionales manejan hoy tres escenarios posibles.
El primero es el escenario optimista, que algunos califican casi como un milagro geopolítico. Supone una guerra relámpago que permita reabrir el Estrecho de Ormuz en cuestión de días. Si eso ocurriera, el susto pasaría relativamente rápido. Los mercados financieros se estabilizarían, el precio del petróleo regresaría a niveles manejables y el peso mexicano recuperaría parte de la volatilidad reciente.
El problema es que este escenario tiene una probabilidad muy baja. La región concentra demasiados intereses estratégicos y demasiadas tensiones acumuladas como para pensar que una crisis de esta magnitud pueda resolverse en cuestión de días.
El segundo escenario es el más realista. Implica varias semanas de tensión internacional sin llegar a una guerra abierta de gran escala. En este caso el petróleo se movería en una banda de entre 80 y 90 dólares por barril.
Para México este escenario sería incómodo pero manejable. El tipo de cambio podría oscilar entre los 17.60 y los 18 pesos por dólar, mientras que el gobierno tendría que recurrir nuevamente al subsidio del IEPS para evitar que el precio de la gasolina rebase la barrera psicológica de los 25 pesos por litro.
Ese subsidio, sin embargo, no es gratuito. Cada peso que se utiliza para contener el precio de los combustibles es un peso que deja de destinarse a infraestructura, programas sociales o inversión pública.
El tercer escenario es el más preocupante: un cierre prolongado del Estrecho de Ormuz que dispare el precio del petróleo por encima de los 100 dólares por barril. Sería algo parecido a un nuevo choque petrolero global.
Paradójicamente, para México esto no necesariamente sería una buena noticia. Aunque el país exporta crudo, también importa grandes volúmenes de gasolina y gas natural. Cuando el petróleo sube demasiado, el costo de los combustibles importados termina siendo mayor que el beneficio de las exportaciones.
En ese escenario la inflación podría aumentar entre tres y cinco puntos adicionales. El peso podría presionarse hasta niveles cercanos a los 21 por dólar y el fenómeno del nearshoring —que había despertado tantas expectativas— podría entrar en una pausa por la incertidumbre internacional.
El gobierno enfrentaría entonces una disyuntiva compleja: sacrificar ingresos fiscales para subsidiar los combustibles o permitir que los precios suban con el consiguiente costo político y social.
En otras palabras, un petróleo demasiado caro termina siendo, paradójicamente, una mala noticia para México.
En los próximos días sabremos si la crisis petrolera se queda en un sobresalto temporal o si se convierte en una nueva sacudida para la economía mundial.
Por lo pronto, este viernes tendré oportunidad de comentar con mayor detalle estas posibles repercusiones económicas para México en La Caliente 90.7, en el noticiario de mi colega y amigo José Ángel Partida, quien amablemente me abre un espacio a las 6:10 de la mañana para analizar este tema con mayor profundidad.
Por hoy fue todo, gracias por su tolerancia y hasta la próxima.
