Columna Olor A Dinero
Feliciano J. Espriella
T-MEC 2026: entre la trilateralidad y el garrote
Viernes 13 de febrero de 2026
El Tratado entre México, Estados Unidos y Canadá no es un acuerdo comercial ordinario: es la columna vertebral de la economía mexicana. Más del 80% de nuestras exportaciones cruzan la frontera norte. Esa concentración explica por qué cada insinuación de ruptura o renegociación agresiva provoca volatilidad cambiaria y nerviosismo empresarial.
La revisión programada para el 1 de julio de 2026 no será un trámite técnico. Será una negociación política de alto voltaje. Y el principal factor de incertidumbre tiene nombre propio: Donald Trump.
Las probabilidades de que el tratado continúe como acuerdo trilateral son, objetivamente, altas. La integración productiva entre México, Estados Unidos y Canadá es profunda, especialmente en los sectores automotriz, electrónico y agroalimentario. Desmantelar esa arquitectura implicaría costos logísticos, inflacionarios y políticos considerables para Washington. La interdependencia funciona como un ancla de racionalidad.
Sin embargo, que el acuerdo sobreviva no significa que lo haga intacto.
Lo más probable es una renegociación dura, asimétrica y condicionada por la política interna estadounidense. Las reglas de origen serán el primer campo de batalla. Se anticipan requisitos más estrictos de contenido regional, diseñados para asegurar que la manufactura norteamericana —especialmente la automotriz— incorpore mayor valor agregado dentro del bloque. El mensaje es claro: menos Asia, más Norteamérica.
Aquí emerge el “factor China”. Washington busca evitar que componentes o inversiones chinas utilicen a México como plataforma indirecta de acceso al mercado estadounidense. No es descabellado prever cláusulas explícitas vinculadas a esa relación. Para México, esto implica una tensión estratégica: preservar su atractivo como receptor de inversión extranjera sin convertirse en rehén de la rivalidad geopolítica entre potencias.
El segundo frente es laboral. Desde la Oficina de Representación Comercial de Estados Unidos se insiste en que los bajos salarios y la opacidad sindical constituyen una ventaja desleal. Se cuestiona la falta de democracia interna en ciertos sindicatos y la debilidad en la aplicación de la reforma laboral mexicana. El argumento estadounidense es político y económico a la vez: proteger empleos propios bajo el discurso de competencia justa.
El tercer eje de presión no es comercial, sino securitario. Migración, combate al narcotráfico e incluso episodios como el uso de drones en la frontera han sido incorporados al discurso de negociación. Seguridad y comercio comienzan a entrelazarse como moneda de cambio. Esa mezcla abre la puerta a chantajes implícitos: concesiones comerciales a cambio de cooperación reforzada en otros ámbitos.
¿Puede Estados Unidos fragmentar el tratado hacia un esquema bilateral? La tentación existe. Negociaciones separadas con México y Canadá ofrecerían mayor margen de presión. Pero esa ruta también debilitaría la lógica regional que sostiene la competitividad frente a Asia y Europa. El trilateralismo, aunque incómodo, sigue siendo funcional.
Para México, las ventajas de mantener un acuerdo trilateral son evidentes: acceso preferencial, estabilidad jurídica y anclaje institucional. Sin T-MEC, el país enfrentaría aranceles, litigios y un golpe inmediato a la inversión manufacturera.
Pero también hay riesgos en aceptar un acuerdo leonino. Reglas de origen excesivamente rígidas podrían elevar costos y reducir competitividad. Cláusulas geopolíticas demasiado restrictivas podrían limitar márgenes de maniobra en política exterior y atracción de capital. Y la vinculación de temas migratorios o de seguridad con preferencias arancelarias erosionaría la naturaleza técnica del tratado.
La mayor vulnerabilidad mexicana no está en la mesa de negociación, sino en su dependencia estructural. Una economía que concentra más de cuatro quintas partes de sus exportaciones en un solo mercado negocia con menos cartas.
Por ello, la estrategia no puede reducirse a proyectar calma. Requiere fortalecer el mercado interno, diversificar exportaciones y consolidar la aplicación efectiva de la reforma laboral. La credibilidad institucional es también una herramienta negociadora.
La revisión de 2026 no decidirá únicamente el texto de un tratado. Definirá el equilibrio entre integración y subordinación. La integración profunda hace improbable una ruptura total; la asimetría de poder hace inevitable una negociación áspera.
La pregunta no es si el T-MEC sobrevivirá. La pregunta es en qué condiciones lo hará —y cuánto margen conservará México para no firmar bajo presión lo que mañana lamentará.
Me despido con un comercial: sintonicen a las 6:10 AM, “La Caliente” 90.7 FM., el colega y amigo José Ángel Partida me abre un espacio en su noticiero en el que comentaremos con más detalle esta columna. ¡No se lo pierdan!
Por hoy fue todo, gracias por su tolerancia y hasta la próxima
