Columna Olor A Dinero
Feliciano J. Espriella
Del “Latin lover” al régimen del terror: el lado oscuro de Julio Iglesias
Lunes 19 de enero de 2026
Las denuncias por agresión sexual, trata y explotación laboral contra Julio Iglesias vuelven a exhibir cómo el poder, el dinero y el mito del seductor han servido desde tiempo inmemorial para blindar a los intocables, mientras las víctimas siguen esperando justicia.
Durante más de medio siglo, Julio Iglesias construyó una imagen pública impecable: seductor incansable, ícono global, exportador oficial del machismo elegante con sonrisa de galán y copa en la mano. Un “Latin lover” que cantaba al amor, al deseo y a la vida que sigue igual. Hoy, ese mismo mito cruje bajo el peso de denuncias graves que ya no pueden despacharse como chismes, exageraciones o conspiraciones ideológicas.
Dos mujeres —una empleada doméstica y una fisioterapeuta— denunciaron que entre enero y octubre de 2021 fueron víctimas de agresiones sexuales, acoso, explotación laboral y restricciones extremas de movimiento en propiedades del cantante en Bahamas y República Dominicana. Las acusaciones no describen hechos aislados, sino un sistema: jornadas de hasta 16 horas, vigilancia constante, control del cuerpo, del peso, de las comunicaciones y de la libertad personal. Un esquema que diversas investigaciones periodísticas han llamado, sin eufemismos, un “régimen del terror”.
No hay sentencia firme ni cargos concluidos al día de hoy. Iglesias lo niega todo y califica las denuncias de “absolutamente falsas”. La Fiscalía de la Audiencia Nacional en España investiga si tiene jurisdicción, dado que el cantante tiene domicilio legal en ese país y, según las denunciantes, era el responsable último de la organización que operaba en el Caribe. La presunción de inocencia es un principio jurídico; el silencio complaciente, no.
Lo más perturbador no es solo la gravedad de los testimonios, sino su coherencia estructural: exámenes médicos invasivos e ilegales —ginecológicos, pruebas de VIH y ETS— sin relación alguna con el trabajo doméstico; selección de personal por criterios estéticos; uso de intermediarias o “regentes” para reclutar y disciplinar; consumo de alcohol como herramienta de sometimiento; y un entorno de miedo donde contradecir al patrón no era una opción. No es la postal del romance latino: es la descripción de una servidumbre moderna sostenida por poder económico, abogados, médicos y silencios.
El caso Iglesias no ocurre en el vacío. Se inscribe en una larga lista de figuras públicas protegidas durante años por su fama y fortuna: Plácido Domingo, Kevin Spacey, Bill Cosby, y los nombres que orbitan el caso Jeffrey Epstein, desde Bill Clinton hasta Donald Trump, pasando por Príncipe Andrés, Bill Richardson o Al Gore. Cambian los escenarios; el patrón se repite: poder masculino, impunidad prolongada y víctimas relegadas a la duda eterna.
En España, la reacción mediática ha sido reveladora. Una parte del periodismo y del espectáculo activó lo que algunos llaman la “Operación salvar al soldado Julio”: minimizar los hechos, poner en duda los tiempos de denuncia, preguntar por qué no se fueron antes, o refugiarse en la nostalgia del ídolo. Revictimización de manual. La derecha política apeló al “prestigio nacional”; otros pidieron cautela. Mientras tanto, organizaciones de derechos humanos acompañan a las denunciantes, recordando que la fama no exime de rendir cuentas.
Aquí es donde las canciones de Iglesias regresan como un boomerang incómodo. “Al final, las obras quedan, las gentes se van… la vida sigue igual”. Tal vez para él. Para quienes denuncian, la vida no siguió igual. Y sí, las obras quedan: discos, premios, una imagen que ya no podrá separarse de estas acusaciones. El “Latin lover” muta, al menos en el debate público, en la figura de un presunto explotador protegido por su estatus.
Y queda la frase que hoy suena a confesión involuntaria: “Soy un truhan, soy un señor”. Truhán como eufemismo amable del abuso; señor como sinónimo de poder impune. “Me gustan las mujeres, me gusta el vino”. Cantado como picardía, leído hoy como advertencia. El problema no es la letra: es todo lo que durante años se permitió hacer al amparo del mito.
Por hoy fue todo, gracias por su tolerancia y hasta la próxima.
