Palacio exige obediencia inmediata

r4
r4
8 Min Read

Columna Archivo Confidencial

Armando Vásquez Alegría

Palacio exige obediencia inmediata

Viernes |6 de enero de 2026

La invitación fue exclusiva y la foto de grupo lo retrató sin retoque: en Palacio Nacional solo hubo sillas para gobernadores, legisladores y operadores de Morena. Ninguna oposición, ninguna voz externa, ningún guiño al pluralismo.

Claudia Sheinbaum convocó únicamente a los suyos para revisar la nueva iniciativa electoral, y ese gesto vale más, políticamente, que la propia reforma que impulsa el gobierno. Porque cuando un poder llama sólo a su fuerza interna para discutir las reglas de la competencia democrática, la reunión deja de ser técnica y se convierte en un acto de confirmación y control.

No fue un debate sobre constitucionalidad ni un seminario técnico de procedimiento. Fue un pase de lista político. Sheinbaum necesitaba medir fuerzas, cerciorarse de quién está alineado en su proyecto, y enviar el mensaje inequívoco de que el mando presidencial no es consultivo sino vertical.

El cálculo es simple pues quien se siente en la mesa recibe instrucciones; quien quede fuera deberá acomodarse a los resultados sin reclamar por no haber sido escuchado. Y, al mismo tiempo, la presidenta buscó un objetivo paralelo el mostrar que el liderazgo ya se ejerce desde Palacio Nacional, no desde donde todavía opera la sombra del expresidente López Obrador.

La exclusión deliberada de otros actores revela el sentido profundo de la reunión. El verdadero público de Sheinbaum no eran los legisladores que votarán la reforma, sino los gobernadores que la ejecutarán en el territorio y que, llegado el momento, operarán elecciones, pactarán estructuras locales y administrarán los costos o beneficios electorales del nuevo marco legal.

El poder presidencial se refrenda en las cámaras, pero se demuestra en los estados. Y Sheinbaum entendió que, antes de consolidar su agenda legislativa, debe consolidar su red política.

Ahí radica el problema central que atraviesa a Morena: la presidenta no heredó un partido propio, sino un movimiento construido por otro. Gobernar con estructura ajena implica gobernar con lealtades prestadas, y ningún mandatario puede darse el lujo de depender eternamente del capital simbólico de su antecesor. Por eso la reunión fue cerrada y disciplinaria: Sheinbaum no está administrando la continuidad obradorista; está buscando moldearla a su propio estilo y conveniencia.

Los gobernadores ocupan un lugar determinante en esta ecuación. Son operadores territoriales, controladores de presupuestos, administradores de la relación federación-estados y, en más de un caso, amortiguadores o amplificadores de los conflictos locales con crimen organizado, empresarios, sindicatos y organizaciones sociales.

En México, la Presidencia decide; los gobernadores ejecutan. Y quien se adueña de ese músculo operativo puede aspirar a gobernar con realidad, no solo con narrativa. Pero los mandatarios estatales están lejos de ser fichas pasivas en el tablero presidencial. Muchos fueron electos bajo la marca y el impulso carismático de López Obrador, y su lealtad responde, en buena medida, al origen de su triunfo.

La presidenta tendrá que convencerlos —o doblegarlos— para que ese capital se traslade hacia ella. Esa tensión quedó implícita en la reunión de Palacio: fue un recordatorio firme de quién ocupa la silla principal del poder, pero también la constatación de que el mando no se comparte sin fricciones.

La nueva Ley Electoral agrega una capa de urgencia a la disputa. Al impedir que gobernadores salientes salten automáticamente al Senado y al cerrar el paso a sus familiares más cercanos, la reforma elimina la ruta tradicional de supervivencia política de la clase gobernante.

Quien deja el cargo ya no tiene asegurado un refugio legislativo desde donde mantener visibilidad o defenderse judicialmente. Esto cambia radicalmente los incentivos: los gobernadores necesitan influir hoy en quién los sucederá mañana, porque su futuro personal depende de ello.

La presidenta lo sabe y la oposición también, aunque no estuviera invitada. En 2027 se renovarán 17 gubernaturas y ese mapa será el verdadero plebiscito del poder interno. Si Sheinbaum logra imponer candidatos leales en esos estados, consolidará un andamiaje propio que podrá sostenerla sin tutela obradorista.

Si, por el contrario, los gobernadores logran colocar relevos afines a su origen político o López Obrador mantiene capacidad de bendición decisoria, el pacto interno del régimen se fracturará en dos polos: el formal, encabezado por Sheinbaum, y el moral, articulado alrededor del expresidente.

Ese escenario de mando dual no es menor. México ha vivido hiperpresidencialismo durante décadas y no está diseñado para administrar liderazgos paralelos dentro del mismo movimiento gobernante. Si los gobernadores detectan inconsistencia en la conducción nacional, pueden ralentizar agendas, desobedecer silenciosamente, filtrar diferencias y construir alineamientos propios donde la Presidencia ya no dicte la última palabra.

Por eso la reunión en Palacio debe leerse por encima del texto legislativo que se discutió. Lo que Sheinbaum puso en juego no fue la letra chica de la reforma, sino su autoridad sobre quienes controlan el país en lo cotidiano. El mensaje es transparente: no habrá tolerancia para disidencias internas, especialmente en el umbral de una elección que definirá el futuro político del régimen.

La verdadera transición de gobierno no terminó con el cambio de administración. Está ocurriendo en este momento, en confrontaciones discretas, acuerdos subterráneos y mesas políticas donde ya no hay espacio para que Morena sea movimiento; tiene que volverse estructura.

Cuando 2027 llegue, el país sabrá si Sheinbaum gobierna con su propia red o si seguirá administrando un poder tutelado. Hasta entonces, cada reunión cerrada en Palacio será una pista del desenlace.

Y el reloj no perdona. Mientras Sheinbaum intenta ordenar la casa, Trump vuelve a la escena prometiendo tarifas, muros y deportaciones masivas, empujando a México a definiciones que no admiten ambigüedades ni gobiernos bicéfalos.

Si para entonces la presidenta sigue compartiendo piso político con el obradorismo y enfrentando gobernadores que obedecen por cálculo y no convicción, el país podría entrar al torbellino externo sin timón firme y con tripulación dividida.

 Por eso la reunión en Palacio fue algo más que una mesa cerrada: fue el primer movimiento en una batalla por el poder real. Si Sheinbaum gana ese pulso tendrá margen para enfrentar a Washington; si lo pierde, descubrirá que un liderazgo heredado no alcanza cuando la tormenta viene del norte y el fuego amigo arde en casa.

EN FIN, por hoy es todo, el lunes le seguimos si Dios quiere.

Armando Vásquez Alegría es periodista con más de 35 años de experiencia en medios escritos y de internet, cuenta licenciatura en Administración de Empresas, Maestría en Competitividad Organizacional y Doctorando en Administración Pública. Es director de Editorial J. Castillo, S.A. de C.V. y de “CEO”, Consultoría Especializada en Organizaciones… 

 Correo electrónico: archivoconfidencial@hotmail.com

Twitter:   @Archivoconfiden                                                                                                

https://www.facebook.com/armando.vazquez.3304

Share This Article
Leave a comment