El ahorro como acto de soberanía personal y regional

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Columna Olor A Dinero

Feliciano J. Espriella

El ahorro como acto de soberanía personal y regional

Miércoles 14 de enero de 2026

Ahorrar no es resignarse a la escasez, sino construir poder, libertad y futuro. La cultura del ahorro es una herramienta de emancipación individual, familiar y regional que México sigue postergando.

La discusión sobre la cultura del ahorro volvió recientemente a la agenda pública a partir de una iniciativa anunciada por la diputada Elia Sahara Sallard Hernández (Ely), quien ha planteado la necesidad de integrar la educación financiera —y en particular el hábito del ahorro— como un componente estructural del sistema educativo en Sonora.

El tema amerita algo más que una nota coyuntural. Por eso esta reflexión se desarrollará en dos entregas: la primera, esta, dedicada a entender por qué el ahorro es un factor de desarrollo personal, familiar y regional; la segunda, a publicarse el próximo viernes, abordará ya de manera puntual el proyecto legislativo y su viabilidad como política pública.

Desde una perspectiva sociológica, con inevitables matices existencialistas, el ahorro no debe entenderse como la simple acumulación de excedentes, sino como un acto de soberanía temporal. Ahorrar es la herramienta que permite transitar de la economía de la supervivencia —centrada en el presente inmediato— a la economía del proyecto, orientada al futuro. Es, en términos simples, recuperar el control del mañana.

En los estratos sociales más vulnerables, la escasez impone una tiranía del presente. Vivir al día no es una elección moral, es una condición estructural. Sin embargo, incluso ahí, el ahorro —por mínimo que sea— adquiere una dimensión política: es el mecanismo que permite saltar el cerco del destino.

En lo individual, el ahorro rompe la cadena que vincula el azar con el desastre. Una enfermedad, un gasto imprevisto o una pérdida temporal de ingresos dejan de ser catástrofes cuando existe una reserva mínima de libertad. No se trata de riqueza, sino de margen de decisión.

En el núcleo familiar, el ahorro funciona como un pegamento intergeneracional. No es solo capital financiero, es capital de movilidad social. Es la diferencia entre que una generación comience desde cero o desde una plataforma. Las sociedades que progresan no heredan deudas; heredan oportunidades.

Cuando el ahorro se colectiviza —a través de cooperativas, cajas populares o instrumentos financieros locales— se transforma en inversión territorial. El dinero deja de emigrar y comienza a trabajar en casa. Así, el ahorro deja de ser doméstico y se convierte en una palanca de desarrollo regional, reduciendo la dependencia de capitales externos volátiles.

Existe una falacia persistente: creer que los pobres no ahorran porque no quieren. En realidad, muchas veces ahorran fuera del sistema: en redes de apoyo, en acopio de materiales, en la educación de los hijos. El problema no es la ausencia de ahorro, sino su no formalización, lo que abre la puerta a la usura y a la explotación.

Por eso es clave cambiar el enfoque cultural. El ahorro escolar y familiar no debe verse como un ahorro de la escasez —guardar porque no alcanza—, sino como un ahorro de poder: guardar para ser dueños de nuestras decisiones, incluso en contextos adversos.

En una cultura como la mexicana, donde el consumo está profundamente ligado al estatus y a la compensación emocional, inculcar el hábito del ahorro sería una revolución silenciosa. Gastar para aparentar, endeudarse para pertenecer, hipotecar el futuro para sostener el presente: ese es el ciclo que mantiene a millones atrapados.

Los casos de éxito internacionales son claros. Alemania, el País Vasco, Corea del Sur o Quebec entendieron que el ahorro no sirve para esperar tiempos peores, sino para construir tiempos mejores. El común denominador fue siempre el mismo: confianza, permanencia del capital en el territorio y educación.

Esta primera entrega busca responder una pregunta básica: ¿por qué una sociedad que no ahorra está condenada a la fragilidad? La segunda, que se publicará el próximo viernes, abordará el siguiente paso: qué implica llevar esta reflexión al terreno legislativo y educativo, y si el Estado está dispuesto —o no— a apostar por ciudadanos menos dependientes del crédito y más dueños de su futuro.

Por hoy fue todo, gracias por su tolerancia y hasta la próxima.

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