Columna Olor A Dinero
Feliciano J. Espriella
En Guanajuato la vida no vale nada… en Hermosillo: una infracción
Jueves 8 de enero de 2026
(Primera de dos entregas)
Hermosillo es hoy una de las ciudades más peligrosas para transitar en México, pero el Congreso decidió mirar el monto de las multas y no los muertos.
Este tema lo publicaré en dos entregas porque estimo que lo amerita. No se trata de una ocurrencia administrativa ni de un pleito político menor, sino de algo mucho más elemental: el valor que el poder público le asigna a la vida humana. Hoy me ocupo del rechazo del Congreso del Estado al proyecto de fotomultas en los accesos a Hermosillo. En la segunda entrega hablaremos de las razones que las justifican.
Si, como cantó José Alfredo Jiménez, “en Guanajuato la vida no vale nada”, en Hermosillo deberíamos sentirnos tranquilos y hasta orgullosos, pues al parecer —según el criterio de nuestros legisladores— la vida sí tiene valor… siempre y cuando no rebase el monto de una infracción de tránsito.
Cuando menos eso es lo que se desprende del elegante eufemismo utilizado para sepultar el programa de fotomultas que pretendía implementar el alcalde Antonio Astiazarán. Nuestro ínclito Congreso local, a través de su actual presidenta, la diputada María Eduwiges Espinoza, explicó que el rechazo obedeció a la necesidad de proteger los bolsillos y los derechos humanos de los hermosillenses.
¡Qué alivio! Y yo que ingenuamente había creído que el primero y más elemental de los derechos humanos era el derecho a la vida.
Pero no. Al parecer, en Hermosillo el verdadero derecho humano que amerita defensa urgente es el de poder circular a 100 kilómetros por hora, de madrugada, con alcohol o drogas en el cuerpo, sin que una cámara tenga la osadía de documentarlo.
El problema es que los datos no leen discursos. Y las cifras que describen la siniestralidad vial en Hermosillo son todo menos opinables. La capital de Sonora se ha colocado de manera consistente entre las ciudades más peligrosas para transitar en el país. No hablamos de percepción ciudadana ni de exageraciones alarmistas: Hermosillo ocupa el segundo lugar nacional en siniestros viales y, todavía peor, el primer lugar en letalidad.
Traducido al español llano: aquí no solo se choca mucho; aquí se muere más.
Tan es así que Hermosillo presenta niveles de siniestralidad hasta cinco veces superiores a los de ciudades más pobladas o con mayor parque vehicular como Tijuana, Mérida o Culiacán. No somos una megalópolis desbordada; somos una ciudad que decidió convivir cómodamente con el riesgo.
El año 2024 fue un parteaguas macabro: 92 personas fallecieron en hechos de tránsito, la cifra más alta de la última década. Lo verdaderamente perturbador es que, mientras el número total de accidentes disminuyó alrededor de un 10%, el número de muertes se disparó casi un 70%. Menos choques, sí; pero mucho más violentos. Menos “raspones”, más funerales.
La distribución de las víctimas debería provocar vergüenza institucional. Casi la mitad de los fallecidos fueron peatones atropellados. Gente que caminaba. Personas que cruzaban una calle. En Hermosillo, moverse a pie es un acto de fe. El mensaje urbano es claro: el automóvil manda, el peatón estorba.
A eso se suman motociclistas y ciclistas —cada vez más vulnerables por el auge del reparto a domicilio—, choques entre vehículos y colisiones contra objetos fijos, típicas de quien confunde un bulevar con una pista de arrancones, generalmente en la madrugada.
Las causas tampoco son un misterio. En apenas siete años, el parque vehicular creció más de 110%. Hoy circulan cerca de 700 mil vehículos en una ciudad de poco más de un millón de habitantes. Súmese a eso una infraestructura diseñada para la velocidad —bulevares amplios, rectos, rápidos— y una cultura vial donde el celular, el alcohol y la prisa son compañeros habituales.
Los primeros reportes de 2026 confirman lo que todos saben y pocos quieren decir: los fines de semana, entre las dos y las seis de la mañana, Hermosillo se convierte en una ruleta rusa motorizada.
Y en ese contexto, el Congreso decidió que el problema no era la velocidad, ni la impunidad, ni los muertos, sino el posible impacto económico de una multa. Como si las fotomultas fueran un impuesto disfrazado y no una herramienta de disuasión. Como si el verdadero agraviado fuera el infractor y no la víctima.
Conviene decirlo sin rodeos: las multas no serían para “los hermosillenses”, sino para quienes infringen la ley. Y muchos de esos infractores, cuando conducen intoxicados y a velocidades criminales, dejan de comportarse como simples ciudadanos para actuar como lo que son: delincuentes al volante.
Pero claro, eso incomoda. Es más fácil indignarse por una infracción que por una cruz blanca en el camellón.
El problema de Hermosillo no es que choque mucho. El problema es que choca fuerte. Y cuando la velocidad manda, la vida estorba.
Por hoy fue todo, gracias por su tolerancia y hasta la próxima.
